Ese mismo terror, esa imagen de miedo incontrolable, ese sentirme dueño del mundo, ser amo de una vida y hacer lo que más me diera placer era una sensación que sólo asesinando he vuelto a sentir. Me agaché abriendo el morral y procedí a sacar la grapadora. Mi plan ya estaba en ejecución y parte del mismo era procurarle a Camila una muerte lo más dolorosa y prolongada posible. El maldito animal me había procurado a mi mucho sufrimiento y era mi hora de cobrarme tantas ansias y pesadumbre.

Tomé a la gata por la cola levantándola como si de una bolsa se tratase. Camila empezó a bambolearse, la observé unos instantes y me recordó a un pez fuera del agua. Con sus movimientos hizo que la soltara y calló al suelo de cabeza dándose un golpe justo en la punta del hocico. Es increíble que un gato no pueda voltearse en el aire como normalmente lo hace cuando el terror le nubla la mente. Volví a coger a la gata, esta vez con más fuerza y con mi otra mano acerqué la grapadora a su trasero. Hice uno, dos, tres intentos pero no pude conseguir que ninguna de las grapas se clavase en su grupa. Mi imposibilidad de torturarla con la grapadora hizo que una oleada de rabia y odio subiera por todo mi cuerpo hacia mi cabeza, sacudí a la gata contra el sueño con mucha fuerza, el animal pegó con uno de sus costados haciendo un sonido como el de una bolsa llena de carne. La solté y busqué en mi morral el alicate.

Procedí a tomar a la gata por el pescuezo, como hacen los veterinarios, sin embargo pude sentir que el animal respiraba mal, el golpe parecía haberle partido algunas costillas, eso me alegró sobremanera y me causó cierto alivio, tranquilizándome un poco de la rabia que me llenara hacía unos momentos.

Cuidadosamente puse las mandíbulas de la herramienta en el lóbulo de su oreja izquierda, apreté con fuerzas pero sin brusquedad, la gata abrió los ojos desorbitados, se escuchó como un gemido a través de la cinta adhesiva y de un jaló tiré arrancando de cuajo la oreja casi completa. Camila se sacudió nuevamente cayendo otra vez entre mis pies. Se me ocurrió que podía patearla pero suavemente como si de una pelota se tratara. Así estuve un rato hasta que me fastidié.

Camila respiraba agónica, ya llegaba el momento que deseaba, estaba seguro de que podría liberar sus patas sin que me hiciera daño y eso hice. Debo admitir, eso si, que sólo solté sus patas traseras, aún cuando Camila no disponía de las fuerzas necesarias para atacarme, no quería arriesgarme. Al soltar sus patas, la tomé por el pecho, apretando fuertemente entre sus patas delanteras y su estómago, efectivamente tenía algunas costillas partidas porque mis dedos se hundieron en su carne haciendo que Camila volviese a abrir desmesuradamente sus ojos. Luego de asirla firmemente con una mano, dirigí nuevamente el alicate, esta vez hacia una de sus patas traseras. Esta vez no quise ser delicado, sólo apreté con todas mis fuerzas lo más rápido que pude y halé más fuerte aún. Al suelo cayeron dos dedos de la garra de Camila. El animal se contorsionó en un espasmo de dolor y la dejé caer.

Su pelaje estaba húmedo debido a la sangre de su oreja, una gran mancha vinotinto afeaba su pelaje antes moteado. Como último acto de maldad, pisé la cara de Camila durante unos instantes, lo suficiente para hacerla patalear nuevamente. Luego sólo me alejé un paso hacia atrás y me agaché para observar como moría mi odiada gata.

No se cuanto tiempo estuve observándola, pero me quedé dormido. Al despertar, me asusté un poco, estaba algo desorientado. Al percatarme de donde estaba miré hacia el lugar donde había dejado a Camila, ahí estaba, me acerqué a ella y la palpé, cuando toqué su oreja saltó, aún estaba viva. Eso me alegró, porque ya había llegado el final. Debo aclarar, eso si, que para cuando hice todo lo que he descrito, sabía que quería matar a la gata, lo que no sabía es como lo haría. En ese instante algo me iluminó, empecé a molestar al animal hasta que sus ojos se volvieron a abrir, quería que me mirara por última vez y que supiera que era yo quien la estaba matando.

Cuando la gata notó mi presencia un extraño brillo llenó su mirada, no se si fue terror u odio, lo cierto es que me importó muy poco. Me incorporé y levantando mi pierna, la dejé caer con todo el impulso que pude sobre la cabeza de mi odiada Camila, escuché como su cráneo crujió, luego volví a repetir el movimiento y así lo repetí hasta que sólo escuché el sonido que hace un montón de carne, vísceras y huesos desechos por los golpes.

Me senté un rato, necesitaba recuperarme, estaba cansado y sumamente excitado. Tomé todas mis cosas y dejé lo que quedaba de Camila ahí. Caminé a mi casa, logré llegar justo antes de que mis padres llegaran de sus respectivos trabajos. Al entrar a casa, mi abuela me esperaba en la cocina, la saludé con un beso en la mejilla y subí a mi cuarto, necesitaba un baño.

Mientras tomaba mi ducha, escuché el carro de mi padre en el estacionamiento, me terminé de bañar, me vestí y bajé. No vi a nadie en la sala y me acerqué a la cocina, escuché las voces de mi abuela y mis padres, pero no eran normales, estaban murmullando. Me frené en seco para escuchar sin que notaran mi presencia.

– ¿Estas segura que era sangre mamá?, tu sabes que tu vista ya no es la mejor – le decía mi padre a mi abuela.

– Claro hijo, me preocupa el niño. Salió desde muy temprano con Camila y regresó sólo con esas manchas en la ropa – le respondió mi abuela.

Sin hacer ruido, subí rápidamente a mi cuarto, revisé la ropa que llevara puesta hasta hacía un rato y me pude dar cuenta de algo que ni siquiera noté. Estaba manchada de sangre por todas partes, hasta mis zapatos tenían algunas manchas de sangre.

Cogí toda la ropa, hice un ovillo, saqué otra ropa de mi cesta de ropa sucia y escondí la ropa manchada en una caja dentro de mi clóset.

Bajé nuevamente ya más tranquilo. Esa noche cenamos todos, mis padres me hablaron sobre el incidente de la sangre, y sobre Camila. Les dije que debía ser que mi abuela había visto mal. En cuanto a la gata les dije que no la había visto desde la mañana. Luego de discutir con ellos un rato los llevé a mi cuarto, vieron la ropa sucia aún tirada en el suelo, la revisaron y eso fue todo. Al día siguiente, metí la ropa manchada en mi morral y la boté en un depósito de basura a algunas cuadras de mi casa.

Mi abuela nunca más me vio con los mismos ojos, yo fastidié a todos con una falsa tristeza por el extravío de Camila y puedo decir con toda franqueza que desde ese día he sido un hombre feliz.

Con mucho miedo

Febrero 28, 2007

Luego de mucho pensarlo, con voz temblorosa y más asustado que cucaracha en baile de gallinas, llamé a mi amigo Asesino para pedirle me diera una o dos semanas para resolver algunos problemas de índole personal que no me permiten dedicarme a la escritura como quisiera.

Después de algunos repiques contesto:

- ¡Aló!

- Señor Asesino, soy yo, 3rn3st0, necesito hablar con usted.

- ¡Epa 3rn3sto! , ¿cómo estas amigo?. Dime, ¿en qué puedo serte útil?

Su voz era tranquila y muy amable, la verdad se me erizaron todos los pelos del cuerpo, pero ya había iniciado la conversación y debía terminarla.

- Bueno, le llamaba porque no voy a poder escribir por unos días.

Su voz se congeló de una manera que espantaba. El sabe el temor que despierta en mi y seguramente se aprovechaba de ello: - ¿Cómo es la vaina? Ese no fue el convenio, además te tengo dos nuevas historias.

- Bueno, señor Asesino, entiéndame es que tengo algunos problemas personales y necesito resolverlos.

- Hagamos algo. A mi tu familia, tus problemas y todo lo tuyo me interesa un carajo. Y si es mucho el problema podemos resolverlo rápidamente. ¿Qué opinas? Lo que si es seguro es que a mi tu no me vas a dejar como pajarito en grama.

Cuando habló de resolver problemas casi me hago en los pantalones, debía salir de éste apuro rápidamente o sería un numero más en las estadísticas rojas del país.

- Tranquilo, no se enoje. ¿Le parece si me da sus dos historias y las publico en los próximos días?

- Más te vale. Colgó el teléfono y me dejó ahí, temblando.

Pocos minutos después recibí dos correos suyos. Debo leerlos, corregirlos y publicarlos pronto.

Espero poder llevar una vida normal otra vez, pero quien me manda a estar enredándome con asesinos seriales.