Carlota, mi abuela

Mayo 11, 2008

Tenía catorce años cuando asesiné a mi abuela Carlota. No fue algo que tuviera previsto, pero es que la vieja era una necia y amargaba mi vida con sus achaques, su senectud, sus fastidiosas peroratas sobre tiempos ya pasados pero sobre todo por su insistencia en decir que yo estaba loco, que ella estaba segura de que a Camila no la había matado un carro ni se había ido. Ella aseguraba, siempre mirándome a los ojos, que yo había sido el autor de la desaparición de la desgraciada gata.

Recuerdo que veía televisión una tarde cuando mi abuela empezó con su cháchara, se hallaba detrás de mi, sentada en su silla de ruedas. De espaldas a ellas acostado sobre mi pecho la escuché impasible durante un rato. Mi madre en la cocina no le prestaba la más mínima atención, puesto que ya se había convertido casi en un hábito eso de decir que yo había matado a Camila.

Mientras hablaba y hablaba sin parar, gesticulaba moviendo sus nudosas manos y cambiando la entonación de su chillona voz, tanto que por momentos parecía que gritaba histérica. De pronto, su voz cambió y se dirigió directamente a mi, bajó el tono de su voz para que sólo yo pudiera escucharla y me dijo: — Se que tu mataste a la gata, eres un maldito engendro. Lo lamento por mi querido Alberto – mi padre -, pero tu no eres normal. No lo eres.

Ya sin poder aguantarme, voltee hacia ella y la miré con una frialdad y un odio tales que la vieja quedó paralizada empezando a temblar. Me incorporé lentamente y me paré junto a ella, acerqué mi rostro a su oído y le susurré con un tono infantil, casi tierno: — Tienes razón abuelita, yo maté a la maldita gata. Nunca has estado equivocada. Ahora te digo algo más, tú serás la próxima. Hagas lo que hagas, digas lo que digas tú serás a quien mate la próxima vez. — Luego le di un delicado beso en su arrugada mejilla. Alejé mi rostro para mirarla y me sentí complacido al observar como la anciana respiraba agitada y sus manos temblaban visiblemente debido al terror.

— No te preocupes, — agregué, haciéndole un guiño — no te dolerá. Te lo prometo. — Luego le di la espalda y me dirigí a la cocina donde me tomé un vaso de agua helada. Estaba tranquilo, feliz. Había dado el paso decisivo que le daría sentido a mi vida y era mi abuela Carlota quien me lo había permitido. De alguna manera me sentí agradecido con la fastidiosa anciana.

Debo agregar, eso si, que era ella se lo había buscado y no había marcha atrás. Era un enojoso estorbo en mi tranquila vida y además, no tenía sentido que siguiera viviendo. Ese día, mi querida abuelita había decidido su propio destino y sería yo el encargado de ese destino fuera una realidad.

Camila (I parte)

Marzo 9, 2007

Iniciar un relato donde se narren las vicisitudes de un asesino no es tarea fácil, más aún cuando se trata de las propias vivencias, del día a día personal e íntimo de quien escribe. ¿Cómo describirles lo primero que maté? ¿Qué palabras usar para contarles con mi primera víctima? Complejo, definitivamente es una tarea harto difícil, sin embargo, no estoy acá para excusarme o dar grandes introducciones, sólo estoy aquí para narrarles mis historias de muerte.

— o —

Como dije en una oportunidad anterior, de niño siempre supe que sería un asesino serial, sin embargo esa no fue una certeza sino hasta los seis o siete años, más o menos.

Recuerdo que a esa temprana edad había en mi casa una gata, Camila, era la minina un animal adulto cuya única función en la casa radicaba en maullar constantemente pidiendo comida, recostársele a todo el mundo en busca de mimos y parir cada cierta cantidad de meses. Eso sin contar con su bendita flojera, en todas partes estaba durmiendo, pero jamás donde le correspondía, siempre se las arreglaba para terminar en la cama de cualquiera de los habitantes de la casa, llenando todo de pelos incluyendo la mía. Realmente detestaba eso.

Lo cierto es que el animal me causaba gran repugnancia – como siguen causándome todos los gatos -. El asco que nacía en mi hacia aquella gata consentida estribaba en el hecho de querer dárselas de superior, no hacía nada, no servía para, pero aún así exigía su comida como si fuese quien mantuviera la casa. Cuando mi madre la llamaba se desentendía completamente simplemente era un ser abyecto que no merecía el más mínimo respeto o consideración, tal era mi animadversión por la felina.

En una oportunidad, mi madre me pidió que la alimentara, me dio algunas sobras de carne del almuerzo, unos pellejos de pollo que había cocinado y sazonado para la bendita gata y me pidió que se la sirviera en el platillo que había dispuesto para tal fin. Salí de la cocina bastante enojado, pero sin rechistar. Soy un asesino, pero siempre respeté a mis padres.

Cogí el plato con la comida y me dirigí al lavandero, donde se le servía siempre la comida al animalejo. Eché la comida en el platillo de plástico que tenía la gata dispuesto para su alimentación. No había terminado de hacerlo cuando la felina apareció de la nada, maullando como loca con su cola levantada cual poste y sin importarle nada ni nadie.

Me quedé unos instantes observándola mientras devoraba con fruición la comida y sin saber porque se me ocurrió pasar mi mano por su cabeza. Ese simple gesto desató una furia en Camila que jamás he visto en ningún otro animal – imagino que sabía de mi repulsión hacia ella -. De manera imprevista la gata comenzó a morder mi mano, a arañarme el brazo lanzando siseos horribles, el susto hizo que cayera de espalda y lejos de tranquilizarse la gata pareció más enardecida. De un salto brincó sobre mi pecho y empezó a rasguñar mi franela con sus corvas y sucias garras. Seguía siseando de modo espantoso. Tal alboroto y el terror que me invadió hizo que empezara a dar gritos. Eran los gritos de alguien aterrado. Mis gritos hicieron que la gata se envalentonara más aún y subió por sobre mi pecho hasta llegar a mi rostro, con mis manos llenas de rasguños, arañazos y mordiscos cubrí como pude mi cara, pero sin poder evitarlo la gata logró arañarme una mejilla dejándome abriendo tres largos surcos desde la base de mi ojo izquierdo hasta la barbilla en una diagonal de líneas paralelas que aún marcan mi rostro en una fea cicatriz.

¿Qué ocurrió luego? No lo se, perdí el conocimiento. En aquel tiempo tenía yo sólo unos seis o siete años. Imagino que el terror hizo que me desmayara.

Cuando desperté estaba en cama, me sentía adolorido y mi rostro ardía muchísimo por las heridas que la gata me había inflingido.

- ¡Ya despertó!, - era la voz de mi madre - ¿cómo estas mi cielo? – preguntó en seguida mientras acariciaba mi cabeza mirándome con ojos preocupados.
- Me arde la cara mamá, – respondí con voz queda - ¿dónde está Camila? – inquirí al punto.
- No te preocupes por ella, está sedada – era la voz de mi padre esta vez.

Cerré los ojos pero antes de quedar dormido otra vez logré escuchar: - Que hermoso niño, aún se preocupa por el animal – era una voz que no conocía. Luego me enteré que se trataba del doctor Aurelio, el médico de la familia. Que equivocado estaba, no pregunté por Camila debido a mi preocupación.

Mi único interés se centraba en lo que haría con ella. Camila, una gata cualquiera había abierto la puerta a mi destino, a lo que sería de mi de ahí en adelante.

Continuará…

Con mucho miedo

Febrero 28, 2007

Luego de mucho pensarlo, con voz temblorosa y más asustado que cucaracha en baile de gallinas, llamé a mi amigo Asesino para pedirle me diera una o dos semanas para resolver algunos problemas de índole personal que no me permiten dedicarme a la escritura como quisiera.

Después de algunos repiques contesto:

- ¡Aló!

- Señor Asesino, soy yo, 3rn3st0, necesito hablar con usted.

- ¡Epa 3rn3sto! , ¿cómo estas amigo?. Dime, ¿en qué puedo serte útil?

Su voz era tranquila y muy amable, la verdad se me erizaron todos los pelos del cuerpo, pero ya había iniciado la conversación y debía terminarla.

- Bueno, le llamaba porque no voy a poder escribir por unos días.

Su voz se congeló de una manera que espantaba. El sabe el temor que despierta en mi y seguramente se aprovechaba de ello: - ¿Cómo es la vaina? Ese no fue el convenio, además te tengo dos nuevas historias.

- Bueno, señor Asesino, entiéndame es que tengo algunos problemas personales y necesito resolverlos.

- Hagamos algo. A mi tu familia, tus problemas y todo lo tuyo me interesa un carajo. Y si es mucho el problema podemos resolverlo rápidamente. ¿Qué opinas? Lo que si es seguro es que a mi tu no me vas a dejar como pajarito en grama.

Cuando habló de resolver problemas casi me hago en los pantalones, debía salir de éste apuro rápidamente o sería un numero más en las estadísticas rojas del país.

- Tranquilo, no se enoje. ¿Le parece si me da sus dos historias y las publico en los próximos días?

- Más te vale. Colgó el teléfono y me dejó ahí, temblando.

Pocos minutos después recibí dos correos suyos. Debo leerlos, corregirlos y publicarlos pronto.

Espero poder llevar una vida normal otra vez, pero quien me manda a estar enredándome con asesinos seriales.